5:15 a.m. Suena el despertador. Otros 10 minutos. Y diez más. Ducha sin desayuno y salida apresurada. La buena temperatura me permite ir paseando a la estación de bus y disfrutar del amanecer suave y coloridamente apacible. Duermo hasta Madrid. En Méndez Álvaro me da la bienvenida el rico olor a cafetería. No sucumbo a la tentación (quiero llegar cuanto antes a mi destino). Metro hasta la Universidad Complutense. Lo primero que hago es preguntar por un sitio donde saciar mi voraz apetito matutino y me dirijo directísimamente hacia él. La camarera y los que están a mi alrededor me dedican una mirada curiosa que intuyo va dirigida a todo lo que pido (el sándwich de pavo me lo tuve que guardar). Qué buena y sana costumbre madrileña la de las tostadas con aceite y tomate. Será una larga jornada. Voy tras algo de información relacionada con el mundo “raro” al que dedico mi investigación. Estoy acostumbrada a no encontrar apenas nada o, al menos, no fácilmente. La que podría hacerme de guía (la mujer del catedrático de mi área) no trabaja hoy. El campus es enorme y me toca andar como media hora para dar con las bibliotecas de las dos facultades que busco: Filología y Geografía e Historia. Disfruto de la novedad. No dejo de ver críos y más críos. Me siento mayor en el sentido más físico y negativo y no es frecuente. Luego, me entero de que todos aquellos críos están allí haciendo la selectividad. Entre examen y examen se organizan botellones por doquier para “hacerlo más llevadero” en el que se juntan con estudiantes del primer y segundo año de carrera que también están en periodo de pruebas. Se me hacen las 18h sin apenas darme cuenta. Y toca ir a la urbe a encontrarme con mi amigo Pablo. Llevo algunas fotocopias sin demasiada importancia. Algo es algo. El resto de fondos bibliográficos que necesitaba consultar solo se puede consultar en horario de mañana. Metro de nuevo. Variopinto y, en general, peculiar ambiente. Trasiego humano moviéndose en iguales direcciones como ganado. Cosmopolitanismo constreñido en un claustrofóbico espacio. Numerosas miradas con distinta nacionalidad, condición económica y social, y color se encuentran, se escrutan, se desnudan, se insultan, se caen bien, se ignoran, se comprenden, se incomprenden, se duermen, y se separan. Abandono la boca de metro. Me lo tomo con tranquilidad y aprovecho lo que me ofrece la magnífica tarde. Gente. Bullicio. Más gente. Y gente. Común ese generalizado gusto tan español por colonizar la calle. En este contexto adquiere olor y sabor a movimiento urbano. Cosmopolitanismo puebla las calles y las terrazas. Divertida conversación telefónica con una personita especial (cuyo deseo de no ver su nombre mencionado respeto). A la afirmación de mi condición de “alma rural”, me responde que lo digo así porque “realmente no sé lo que es vivir en un auténtico pueblo”. Tal vez tenga razón, tendría que probarlo. Al igual que el mundanal ruido de la ciudad. Tal vez pudiera adaptarme. Una temporada.
Al final del día me dirijo a mi autobús y una vez en mi sitio descubro que la señora de la taquilla me había dado equivocadamente para las 12 del mediodía y no para la medianoche (¿por qué narices no lo comprobé?). Vuelta a casa de Pablo. Aparecen un grupito de chicos surcando con sus monopatines el pavimento de La Latina y provocando mi envidia. Me entra uno de ellos, atractivo y seguro, con la simpatía y seguridad argentinas y me acompaña durante un par de manzanas haciendo que el ligero mal humor se esfume y aderezando la conversación con estrategias conquistadoras típicamente masculinas (que no enumeraré porque las conocéis bien). Pasamos por el lugar donde celebran el botellón al que he sido invitada. Puedo dejar mi equipaje y volver a hacerles compañía e, incluso, quedarme en su piso si me apetece. Aunque no sea más que implícitamente y algo mío, me siento comprometida emocionalmente así que, amablemente, declino la invitación. Por la mañana, entiendo la razón por la que tuve que quedarme: recibo una importantísima directriz para mi tesis por boca de mi profe favorito. 12 p.m. Ya puedo continuar mi viaje dejando más y más atrás ese pueblecito grande que es nuestra Salamanca rumbo al próximo destino: La Costa Blanca. Saludos con aire a playa.

Firmado;Elishaba
Qué graciosa! qué peripecias...joooooooo, qué envidia junto al mar...ay! Buen viaje contadora de historias.
ResponderEliminarA mi el metro me mola, es mi transporte público preferido; Los skaters me disgustan, otra variación más del hippy-pijo de toda la vida, niños de papá con ínfulas indie; y en Madrid es fácil pillar, incluso para los tíos... (cosas del cosmopolitanismo).
ResponderEliminarUna pregunta, Odín: en qué fase evolutiva perdieron las mujeres la capacidad de resistirse al acento y de más tretas de argentinos e italianos? Da igual el nivel intelectual y/o ético de la destinataria, lo claras que sean las intenciones y lo vacías y mongoloides las palabras y piropos: TODAS PICAN! Caen como moscas!(Sí, sí: envidia, cochina envidia... ;).
Felices vacaciones!!!
EEEh, coach..que es cierto que el acentillo te envuelve como los cantos de sirena a los marineros pero LAS HAY QUE NO PICAMOS!!!!!¿?seré una especie hiperevolucionada.
ResponderEliminarNo obstante,contesta, contesta Odín!!Siento curiosidad por oir tu respuesta, jeje.
Thank´s magic!!si quieres, me daré un chapuzón en tu honor (que no creas que son tantos, mucha family de la que disfrutar)
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