El tiempo nos es muy familiar a todos nosotros, sentimos su paso y le atribuimos una dirección en la que fluye incesantemente hacia delante, recordamos el pasado pero no el futuro. No obstante, si intentamos profundizar y precisar dicho concepto nos daríamos cuenta de que realmente no sabemos ni qué es exactamente, ni por qué parece fluir y tampoco qué es lo que lo diferencia del concepto de espacio.

Desde la antigüedad, los filósofos han tratado de buscar una respuesta a la gran pregunta: ¿qué es el tiempo? ¿existe como un ente propio o sólo está en la mente del ser humano? Se trata de un debate sin fin que arranca con los pensadores griegos, encabezdos por Platón y Aristóteles; continúa en la Edad Media, cuando destacan la
s ideas de San Agustín; alcanza un punto álgido en el siglo XVIII, con las posturas enfrentadas de Newton y Kant, y llega hasta nuestros días.
San Agustín inauguró la tendencia filosófica que cree que la idea de tiempo tiene su origen en el interior del ser humano, sea en su vertiente psicológica, racional o espiritural. Así, el tie
mpo y sus componentes: pasado, presente y futuro son entidades que no poseen realidad propia, salvo las que les regala el ser humano. En el siglo XIII, Santo Tomás de Aquino recoge las ideas de Aristóteles de que el tiempo es algo externo, pero no resuelve las dudas acerca de la realidad que lo constituye. Habría que esperar hasta el siglo XVII para encontrar una nueva explicación, esta vez ciéntifica, presentada por Isaac

Newton. El gran físico inglés distingue dos tiempos diferentes, uno absoluto, verdadero y matemático que fluye uniformemente sin relación con nada externo; y otro, aparente y común, medida sensible y externa de la duración por medio del movimiento. Más tarde Kant delvolvió el origen del tiempo al ser humano. La noción de tiempo, aparentemente obvia, es ciertamente tan inaprensible que durante todo este recorrido histórico no se pudo establecer si constituye una realidad objetiva o meramente subjetiva.
Durante el siglo XX Albert Einstein transformó nuestra manera de entender el espacio y el tiempo. Hasta entonces ambos conceptos eran absolutos; el espacio era un escenario o una plataforma estacionaria, quizás inmaterial, compartida por todos los objetos materiales y el tiempo, el parámetro de medida común para todos los sucesos. Einstein descubrió que el tiempo no está totalmente desligado del espacio sino que forma parte de lo que él llamó el continuo
espacio-tiempo. Además demostró que su fluir depende de la velocidad del observador; cuanto mayor sea la velocidad a la que nos desplacemos mayor será el retraso que experimentaremos en nuestro reloj, sea mecánico, eléctrico, atómico o biológico.
La percepción general de que el tiempo no sólo se mueve sino que lo hace en una determinada dirección, no es ajena a prácticamente ningún ser consciente del planeta Tierra. Sin embargo, al igual que nuestros sentidos se engañan al ver materia donde no la hay (el 99,99% de nuestros cuerpos es vacío puro) nuestra mente podría estar generando la ilusión del paso del tiempo. En re

alidad, no podemos ver el tiempo. Decimos que medimos el tiempo con relojes, pero sólo vemos las manecillas, no el tiempo en sí mismo. Decimos que han transcurrido 24 horas cuando la Tierra ha completado un giro sobre su eje de rotación o un año cuando la Tierra ha dado una vuelta completa alrededor de Sol y a estos sucesos los catalogamos bajo la denominación de conceptos temporales cuando en realidad no son sino movimientos a velocidad constante. El tiempo, así visto, queda relegado a un concepto introducido por el ser humano para relacionar la magnitud del movimento en el espacio y no como un componente fundamental del Universo en que vivimos.
Firmado; ViKThor