Si en el anterior capítulo reflexionamos sobre el lugar que realmente ocupa nuestro planeta en el Universo en esta entrega vamos a profundizar en el lugar que ocupa el ser humano en la Tierra, a la vez que respondemos a una de las preguntas más esquivas: ¿De dónde venimos?
En la actualidad, la validez de las teorías de la evolución por selección natural están ampliamente contrastadas mediante el registro fósil y son muy pocos los que persisten en la defensa del creacionismo. El creacionismo se inspira en doctrinas religiosas para asegurar que la Tierra y todos los seres vivos provienen de un acto de creación llevado a cabo por seres celestiales de acuerdo con un propósito divino. En realidad los seres vivos no necesitaron ningún creador para llegar a existir, aparecieron tras una larga sucesión de pequeños pasos causales provocados por mutaciones genéticas aleatorias. Las moléculas originarias de los primeros aminoácidos no pretendieron en ningún momento la reproducción: se tropezaron con ella. A partir de aquí las moléculas que compiten y se replican inevitablemente evolucionarán si disponen de tiempo. Las mutaciones genéticas aleatorias que impliquen una mejor adaptación a las condiciones, no siempre constantes, del entorno serán las responsables de la supervivencia de la molécula, del organismo o de la especie en cuestión.
Lo que percibimos como complejidad es el resultado de cadenas de simplicidad. Los seres humanos estamos aquí gracias a los caprichos de la suerte, no a algún tipo de inevitabilidad impresa en la dirección de la vida o en los mecanismos de la evolución. El orden y aparente propósito del mundo viviente apareció mediante un proceso que funciona sin necesidad de ningún diseñador: la evolución por selección natural. De estos hechos podemos deducir que el argumento del diseño como razón para creer en Dios es falso o más exactamente superfluo.
Siguiendo con nuestro objetivo de situarnos humildemente en el lugar que ocupamos en el Universo es necesario recordar una tesis falsa que con frecuencia damos por válida. El argumento falaz es que la evolución incorpora una tendencia al progreso. Somos proclives a centrarnos en cualquier medida de tendencia central y no dar importancia a la presencia de variación. La evolución carece de planes y de dirección. Desde los microorganismos unicelulares pasando por las bacterias hasta llegar a los mamíferos el incremento de tamaño surge de una evolución aleatoria que se aleja de las dimensiones mínimas, no una evolución dirigida hacia un mayor tamaño. El progreso de la vida es un movimiento casual de distanciamiento a partir de los inicios más simples y no un empuje dirigido hacia un estado de complejidad ventajoso por sí mismo. La inteligencia no es una consecuencia inevitable de la evolución.
Por último quería destacar el hecho de que toda la inmensa diversidad que presenta la vida en la Tierra proviene de un único ancestro común. Todos los seres vivos: animales, plantas, virus, bacterias compartimos un mismo código genético, es decir, todos somos descendientes de un único ancestro y nosotros representamos el último eslabón de una cadena ininterrumpida de éxitos en la reproducción.
Firmado; Victor Roman
Uff, qué denso... Pero qué interesante; personalmente, me encantan estos artículos (aunque tenga que leerlos un par de veces para aclararme): sí, sí, dan un poco de vértigo, pero es como ver una buena película de ciencia ficción mezclada con suspense y terror... no sé, son emociones interesantes; el abismo cósmico, la soledad del ser humano en el universo... ja ja ja, mucha gente dirá que son divagaciones vacuas, pero yo creo que son reflexiones que ayudan a entendernos y a situarnos humildemente en nuestro lugar: nos hacen más grandes y mejores como personas, aunque ello implique ser conscientes de lo pequeños que somos, todos... (bueno, alguno es un poco más grande, pero porque sólo come jabalíes, como Obelix...).
ResponderEliminar