PUYOLAZO por Jose Angel Sanz Pastor

Sospecho que, pase lo que pase en la final, el gol de este Mundial que recordaremos siempre será el de Puyol. En la maraña de tiki-taka en la que nos empeñábamos sin ver puerta una y otra vez ante Alemania, marcó con lo que hay que marcar cuando todo lo demás falla. No con la testiculina ni con la furia, sea ésta lo que sea, sino con la cabezota, que al final es donde reside el temperamento último y primitivo con el que se llega a los últimos 15 minutos de una batalla a cara o cruz o a gloria o viaje de vuelta. Es extraña la profesión de central, en la que los aciertos se dan por hecho y los errores se recuerdan durante generaciones. Hasta el portero tiene más margen para la gloria si es capaz de detener un penalti. La alegría del central es la desgracia del delantero rival y no hay una sin otra como no hay noche sin día.
Sin saberlo, Puyol le dio el miércoles la razón a Churchill, que en el fútbol sólo confiaba, para marcar, en los saques de esquina y en las faltas, al estilo del hockey sobre hierba o el rugby. Puyol, al que cualquiera elegiría si tuviera que irse a una guerra, heló la sangre de los germanos justo a tiempo. Marcó coronado por esa cabellera que le confiere aspecto bíblico y modales de honroso gladiador. Lo hizo donde Iniesta o Xavi habrían fracasado. Donde ellos sólo habrían visto un pedazo de plástico rebelde que bajar al suelo cuanto antes para volver a mecer el partido. Pujol gobernó lejos del suelo, de ese maquinal engranaje que ponen en marcha los bajitos y que cualquier día te explota en la cara. Bajó un balón improbable por demasiado alto e infló las mallas con una cólera alimentada con años de espanto, con décadas de mala suerte empapadas en la camiseta de la selección nacional. Zidane, acomodado frente a la televisión, vibraría desde la distancia. Él sabe que un cabezazo a tiempo vale más que cien pases en corto.
No me gustaría ser holandés el domingo. Tengo la fuerte convicción de que vamos a ganar, y no porque vayamos a jugar mejor, que también. Seremos campeones del mundo, como ya lo somos en baloncesto, porque aún contamos con tipos como Puyol, que en lugar de una calculadora en el bolsillo guarda goma-2.
Sin saberlo, Puyol le dio el miércoles la razón a Churchill, que en el fútbol sólo confiaba, para marcar, en los saques de esquina y en las faltas, al estilo del hockey sobre hierba o el rugby. Puyol, al que cualquiera elegiría si tuviera que irse a una guerra, heló la sangre de los germanos justo a tiempo. Marcó coronado por esa cabellera que le confiere aspecto bíblico y modales de honroso gladiador. Lo hizo donde Iniesta o Xavi habrían fracasado. Donde ellos sólo habrían visto un pedazo de plástico rebelde que bajar al suelo cuanto antes para volver a mecer el partido. Pujol gobernó lejos del suelo, de ese maquinal engranaje que ponen en marcha los bajitos y que cualquier día te explota en la cara. Bajó un balón improbable por demasiado alto e infló las mallas con una cólera alimentada con años de espanto, con décadas de mala suerte empapadas en la camiseta de la selección nacional. Zidane, acomodado frente a la televisión, vibraría desde la distancia. Él sabe que un cabezazo a tiempo vale más que cien pases en corto.
No me gustaría ser holandés el domingo. Tengo la fuerte convicción de que vamos a ganar, y no porque vayamos a jugar mejor, que también. Seremos campeones del mundo, como ya lo somos en baloncesto, porque aún contamos con tipos como Puyol, que en lugar de una calculadora en el bolsillo guarda goma-2.
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