martes, 23 de febrero de 2010



El cerebro emocional

A lo largo de millones de años el cerebro que ahora poseemos ha ido evolucionando y creciendo no sólo en tamaño sino también en complejidad. Las partes más antiguas situadas parte inferior son comunes en la mayor parte de especies que sólo disponen de un rudimentario sistema nervioso. Los centros superiores constituyen derivaciones de los centros inferiores más antiguos.
La región más primitiva, el tallo encefálico, situado en la parte superior de la médula espinal, regula las funciones vitales básicas y las reacciones y movimientos automáticos. De este cerebro primitivo emergieron los centros emocionales que, con el tiempo, dieron lugar al neocortex, el cerebro pensante. El hecho de que el cerebro emocional sea muy anterior al racional y que éste sea una derivación de aquél, revela con claridad las auténticas relaciones existentes entre el pensamiento y el sentimiento.
La raíz más antigua de nuestra vida emocional radica en el sentido del olfato, órgano sensorial fundamental para la supervivencia. En esos estadios rudimentarios, el centro olfatorio se encargaba de registrar los olores y clasificarlos como comestibles, tóxicos, sexualmente disponible, enemigo o alimento y posteriormente enviaba respuestas reflejas a través del sistema nervioso ordenando al cuerpo las acciones que debía desarrollar: comer, vomitar, copular, escapar o cazar.
Con la aparición de los primeros mamíferos emergieron nuevos estratos fundamentales en el cerebro emocional que rodearon el tallo encefálico: el sistema límbico. Este nuevo conglomerado neuronal agregó las emociones al repertorio de respuestas del cerebro. Cuando estamos atrapados por el deseo o la rabia, cuando el amor nos enloquece o el miedo nos hace retroceder, nos hallamos bajo la influencia del sistema límbico.

La evolución del sistema límbico nos suministró dos poderosas herramientas: el aprendizaje y la memoria que nos posibilitaron ir más allá de las reacciones automáticas predeterminadas y afinar las respuestas para adaptarlas a las cambiantes exigencias del medio.
Tuvieron que pasar muchos millones de años antes de que en el cerebro de los mamíferos apareciesen nuevos estratos de células cerebrales que terminaron configurando el neocórtex, la región que planifica, comprende lo que se siente y coordina los movimientos. El neocórtex de los homínidos es el asiento del pensamiento y de los centros que integran y procesan los datos registrados por los sentidos. Y también agregó al sentimiento nuestra reflexión sobre él y nos permitió tener sentimientos sobre las ideas, el arte, los símbolos y las imágenes.
Este nuevo estrato cerebral permitió comenzar a matizar la vida emocional, incrementando la variedad de respuestas posibles. Pero el hecho es que estos centros superiores no gobiernan la totalidad de la vida emocional porque, en los asuntos decisivos y más especialmente en las situaciones especialmente críticas “delegan” su cometido en el sistema límbico. Las ramificaciones nerviosas que extendieron el alcance de la zona límbica son tantas, que el cerebro emocional sigue desempeñando un papel fundamental en la arquitectura de nuestro sistema nervioso. La región emocional es el sustrato en el que creció y se desarrolló nuestro cerebro pensante y sigue estando estrechamente vinculada con él. Esto es lo que confiere a los centros de la emoción un poder extraordinario para influir en el funcionamiento global del cerebro, incluidos los centros del pensamiento.

De entre todas las estructuras existentes en el cerebro quiero destacar las funciones de la amígdala, un conglomerado de interconexiones situado por encima del tallo encefálico que constituye el depósito de la memoria emocional, ligada a los afectos, a las pasiones y también encargada de estar a la acecho de cualquier clase de amenaza. Es una especie de centinela psicológico que sólo considera una cuestión, la más primitiva de todas:¿es algo que odio?, ¿que me puede herir?, ¿a lo que temo? Si la respuesta es afirmativa, la extensa red de conexiones de la amígdala permite, durante una crisis emocional, reclutar y dirigir una gran parte del cerebro, incluida la mente racional. Las funciones de la amígdala aún van más lejos, ya que durante los primeros milisegundos de cualquier percepción, no sólo sabemos inconscientemente de qué se trata sino que también decidimos si nos gusta o nos desagrada. Nuestras emociones, pues, tienen una mente propia, una mente cuyas conclusiones pueden ser completamente distintas a las sostenidas por nuestra mente racional.

2 comentarios:

  1. Olvidé decir que el artículo es un extracto de los primeros capítulos del libro "Inteligencia Emocional" de Daniel Goleman

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  2. Muy interesante, Mr Goleman aportó algo muy novedoso a la Pisología, y es que tanta racionalidad hizo desdeñar algo tan importante como las emociones (hay gente que lo sigue haciendo y sólo sabe que racionalizar, buscar explicaciones lógicas y perfectas...Patochadas!ja,ja,ja).
    Me ha gustado mucho el artículo,para mí lo más interesante de este autor fue el nuevo enfoque que dio a cómo afrontar y entender el concepto de inteligencia, no es algo único, sino múltiple, una de "esas inteligencias" es la emocional (tanto desde un punto de vista individual como social), cada uno de nosotros destacamos en una o varias de ellas. Por ejemplo, los superdotados destacarían en casi todas y los genios sobresaldrían muy especialmente en una (aunque puedan tener carencias en otra); esa sería una de las posibles explciaciones por las cuales dicen (que yo no lo sé) que Einstein (se escribe así?), bueno pues que este hombre a pesar de su genialidad era dislexico,es decir, que su inmteligencia matemática sería desbordante mientras que existirían " deficiencias" en su inteligencia lingüística.
    En fin, gracias por recordarme que no terminé de leer el libro de la Inteligencia emocional", jajaja, como siempre un placer leer "tú sección".
    Saluditos.

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