martes, 12 de mayo de 2009

EPISODIO CUATRO




Ante la pregunta ¿de dónde venimos?, que abordamos la semana pasada llegamos a la conclusión de que somos consecuencia de un proceso evolutivo ciego, sin intención y sin dirección.
Entonces, ¿somos fruto del azar? La respuesta más razonable es que sí. La vida se abrió paso en la Tierra hace aproximadamente 3.500 millones de años. A partir de las formas de vida más simples, el continuo proceso de evolución por selección natural unido con las mutaciones genéticas aleatorias cubrieron el planeta de las más diversas formas de vida. En aquellas formas primitivas de vida no existía ningún tipo de determinismo biológico que desembocara en las formas de vida actuales. Los cambios en el entorno, principalmente a través de los cambios climáticos que el planeta experimenta, así como las mutaciones genéticas aleatorias imponen un alto grado de incertidumbre sobre los diferentes caminos que la vida puede tomar haciendo imposible, a priori, teorizar sobre los mismos. Mucho más difícil es esperar de los mecanismos ciegos de la evolución que aparezcan formas de vida inteligente. Aunque pueda resultar polémico, desde el punto de vista evolutivo, la inteligencia no es un factor crítico a la hora de asegurar el éxito o la supervivencia de una determinada especie. En un hombre adulto el cerebro consume el 20% del gasto energético total llegando al 60% para un recien nacido. Como estrategia evolutiva el desarrollo de la inteligencia no couparía los primeros lugares si hemos de asegurar nuestra supervivencia compitiendo por unos recursos escasos.
Pero, ¿qué somos realmente?, ¿qué es la vida? Es simplemente el vehículo que utilizan los genes para replicarse, para poder preservar la información que portan. La ley que subyace en todo este proceso es más general que la teoría darwiniana de la selección natural y es la ley de la supervivencia de lo estable. Por estabilidad se entiende cualquier configuración atómica con cierta permanencia como por ejemplo: rocas, gotas de agua… Los átomos tienden a adquirir formas estables y complejas, sin un propósito, intención o determinación. De este proceso, desarrollado a lo largo de muchísimo tiempo, surgió el replicador, el auténtico predecesor vital; un tipo molecular especial que poseía la cualidad de autocopiarse. A partir del replicador se desarrolló una nueva estabilidad. Tras una etapa de réplicas idénticas surgió poco a poco la diversidad cuando aparecerieron copias imperfectas. Este hecho fue esencial para el proceso evolutivo. De los errores o mutaciones aleatorias, en algunas ocasiones surgieron moléculas replicadoras más estables, caracterizadas por una mayor resistencia, por una mayor velocidad de replicación o por una mayor precisión. Cualquier copia que incrementase su propia estabilidad, o redujera la de sus rivales, era, inmediatamente preservada y multiplicada en un proceso de perfeccionamiento acumulativo. Con el tiempo los primeros replicadores, quizá el origen de las primeras células longevas, se convirtieron en los genes actuales siendo los seres vivos la máquina en que sobreviven.
Somos portadores de genes. Nuestro comportamiento está determinado por los genes y su influencia siempre va en la misma dirección: preservar la dotación genética y asegurar su paso a las generaciones siguientes antes que el portador perezca.



FIRMADO; Victor Roman

4 comentarios:

  1. Yo voy...al partido de jueves mientr no tenga ningun imprevisto que los puedo tener... ando con problemas familiares asi que hare lo que pueda pero de momento si...saludos

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  2. Yo también iré el jueves. Y al partido del domingo (salvo imprevisto de última hora), también.

    Un saludo, muchachuís.

    (Enhorabuena por la entrada Victor, esperando ya el episodio 5.)

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  3. está guay el artículo. quizá demasiado realista en tus simplificaciones del concepto de vida...

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